El sol de la Toscana comenzaba a descender, tiñendo las cúpulas de Florencia con un tono miel que invitaba a la melancolía. Valentina se sentó en un banco de piedra en la Piazza de la Signoria, sintiendo que sus piernas ya no podían con el peso de su vientre y el cansancio acumulado de su huida.
Una anciana de mirada vivaz y manos nudosas, vestida con un chal de lana oscuro, se sentó a su lado. La mujer la observó un momento y, con una sonrisa que arrugaba aún más su rostro, le habló en un ital