El despacho de Declan estaba sumido en una penumbra que solo la luz de la ciudad se atrevía a desafiar. Él permanecía con la cabeza hundida entre las manos, sintiendo que el silencio de la habitación lo asfixiaba. Solo levantó la vista cuando el sonido de la puerta al abrirse de golpe rasgó su concentración.
Eleanor entró sin llamar, envuelta en su habitual aura de elegancia implacable. Al ver a su hijo tan demacrado, su expresión se suavizó con una preocupación maternal que, para Declan, se se