La mañana en el departamento de Mila no trajo el alivio de la luz del sol, sino el peso de una verdad que Valentina ya no podía negar. Cuando Mila regresó brevemente del trabajo para recoger unos documentos y ver cómo seguía su amiga, la encontró sentada exactamente en el mismo lugar donde la había dejado, pero con una mirada que parecía haber envejecido diez años en una sola noche.
—Es verdad, Mila —soltó Valentina, con la voz desprovista de toda emoción, como si hubiera agotado su reserva de