Días después, la realidad llegó en un sobre manila, entregado con la fría eficiencia de un servicio de mensajería urgente. Valentina estaba sentada en la pequeña mesa de la cocina de Mila. Intentaba concentrarse en su desayuno, en nutrir su cuerpo y el de sus bebés, pero al sacar la copia del documento final, el apetito se le cerró de golpe.
Allí estaba. La sentencia definitiva. Sus ojos recorrieron las cláusulas, las firmas con tinta negra que parecían gritar desde el papel, y el sello oficial