La oficina de Edward Sutton se sentía como una guarida donde el aire mismo estaba viciado por la ambición. Arthur Fairchild entró con paso vacilante, sintiéndose cada vez más como un peón en un juego que ya no controlaba. Edward, sentado tras su escritorio, revisaba gráficas del desplome de las acciones de Westerfield Corp con una satisfacción casi lasciva.
—Arthur, qué alegría verte —señaló Edward sin levantar la vista—. Estaba justo pensando en cómo darle la estocada final al gran Declan. Los