El día llegó con una prontitud inesperada, aunque anticipada en las sombras de la mente de Declan. El sol apenas se filtraba por las cortinas del estudio cuando Marc Belmont, su abogado, colocó la carpeta de cuero sobre el escritorio de caoba. El sonido fue sordo, definitivo, como el eco de una sentencia.
Declan observó los documentos. Todo estaba redactado a la perfección, sin errores, sin cláusulas ambiguas. Era un divorcio limpio, rápido y devastadoramente eficiente. No había ni más ni menos