Valentina había escuchado el teléfono vibrar sobre la mesita de noche horas antes, pero el agotamiento que pesaba sobre sus párpados era más fuerte que la curiosidad. Estaba sumergida en un sueño espeso y turbio, uno de esos donde el cuerpo se siente de plomo. No fue sino hasta la madrugada, cuando la presión de su vientre y la incomodidad de una posición extraña la obligaron a despertar, que decidió sentarse en el borde de la cama.
Sentía que el aire le faltaba, como si las paredes del pequeño