La puerta del baño estaba abierta de par en par.Alejandro estaba allí, en el umbral que separaba el mármol frío de la alfombra cálida del dormitorio.En su mano derecha, sostenía la varita de plástico blanco como si fuera un cetro real o una reliquia sagrada que acababa de desenterrar.El capuchón rosa brillaba bajo la luz de la mañana.—Dámelo —dije. Mi voz salió tranquila, demasiado tranquila, la calma artificial de quien ve una bomba a punto de estallar.Alejandro no me obedeció.Levantó la prueba de embarazo a la altura de sus ojos. La giró, admirando la pequeña ventana donde la cruz rosa seguía marcada, indeleble, acusadora.—Positivo —leyó en voz alta. Su tono no era de sorpresa. Era de confirmación. Como un científico que acaba de probar una teoría loca—. Dos meses.Me levanté de la cama, arrastrando las sábanas para cubrir mi desnudez, aunque él ya había visto todo lo que había que ver.—Es basura, Alejandro. Tíralo.—No es basura —murmuró, con una sonrisa que no llegaba a su
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