La mansión Castillo se había convertido en un circo de tres pistas pintado de azul y rosa.
Lorenzo había decidido que la revelación del género de mi (nuestro) hijo no podía ser un evento íntimo. Tenía que ser una declaración de poder.
Había invitado a toda la élite de Madrid, a la prensa del corazón y a los socios internacionales.
El jardín estaba decorado con miles de globos pastel. Una orquesta tocaba valses suaves.
Y en el centro, sobre un pedestal de mármol, descansaba una tarta gigante de