El sonido de un cuerpo de noventa kilos golpeando el suelo es algo que nunca olvidas. Es un ruido seco, definitivo, sin eco.Lorenzo Castillo, el hombre que creía ser inmortal, se retorcía sobre la alfombra persa, agarrándose el pecho con una mano garra. Me quedé de pie, con el vaso de agua en la mano, observándolo.No grité. No lloré. Mi pulso, curiosamente, se mantuvo estable.La puerta de la habitación se abrió de golpe.Alejandro entró corriendo, atraído por el ruido del golpe o quizás por algún instinto filial que todavía le quedaba.—¿Papá? —Su voz se rompió al ver la escena.Se lanzó al suelo, cayendo de rodillas junto a su padre.—¡Papá! ¡Papá! ¿Qué te pasa? ¡Respira!Lorenzo intentaba hablar, pero solo salían gorgoteos. Me miró a mí, por encima del hombro de su hijo. Me señalaba. Quería decir algo. Quería acusarme. Pero el dolor era un mordaza demasiado fuerte.—¡Llama a una ambulancia! —me gritó Alejandro, con la cara bañada en lágrimas—. ¡Elena, haz algo! ¡Se muere!Dejé e
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