Tenía cuatro horas antes de que el jet despegara hacia Zúrich.
Cuatro horas para reescribir la biología.
Lorenzo se había encerrado en su despacho para hacer unas últimas llamadas antes del viaje. Era mi única ventana.
Me encerré en el baño y saqué el teléfono desechable que había recuperado de su escondite en el dobladillo del vestido roto.
Marqué el número que Mateo me había hecho memorizar.
—¿Diga? —Una voz distorsionada, metálica.
—Soy la Reina —dije, usando el código—. Necesito un borrado