El cuarto del pánico, diseñado para ser un refugio impenetrable, se estaba convirtiendo en un horno.El sistema de ventilación, que debía filtrar amenazas biológicas, no estaba preparado para el fuego directo en la entrada.El humo se colaba por las juntas microscópicas, un humo negro, denso y venenoso que olía a libros antiguos y ambición quemada.Las luces de emergencia parpadeaban en rojo.ALERTA: NIVEL DE OXÍGENO CRÍTICO. TEMPERATURA EXTERIOR: 400 GRADOS.Leonardo tosía contra mi pecho. Un sonido seco, débil, que me partía el corazón.Me tapé la boca con la manga de mi blusa, intentando filtrar el aire para él.—Aguanta, mi amor —susurré, con los ojos llorosos por el humo—. Mamá te va a sacar de aquí.Miré el monitor.La cámara exterior estaba cubierta de hollín, pero aún funcionaba. Lorenzo no se había ido. Estaba allí, en medio del infierno que él mismo había creado.Las llamas le rodeaban, lamiendo sus piernas, pero él no parecía sentirlas. Sostenía un hacha de incendios con ma
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