—No te creo.
Estábamos en el vestidor de la suite principal, rodeados de mis vestidos de seda y el olor a miedo.
Alejandro estaba de pie frente al espejo de cuerpo entero, ajustándose la corbata negra con manos que temblaban visiblemente.
—Lo he dicho bien —protestó, mirándome a través del reflejo.
—Lo has dicho como un niño asustado que recita un poema en el colegio. —Me acerqué a él, invadiendo su espacio personal—.
Dante no es estúpido, Alejandro. Es un depredador. Huele la mentira. Si le va