El teléfono de Alejandro seguía en su mano, mudo, con la pantalla negra.
—Papá... —repitió, pero nadie respondió.
Entonces, oímos el golpe.
No fue en la puerta principal. Fue en la puerta de servicio, la que daba a la cocina y al jardín trasero.
Un golpe seco, pesado, como un saco de carne chocando contra la madera.
¡PUM!
Mateo sacó su navaja. Alejandro se levantó, temblando.
—Quedaos aquí —dije, agarrando la Glock que habíamos recuperado del sofá.
Bajé las escaleras corriendo, con el corazón e