Mientras Alejandro se dirigía a la boca del lobo con las manos vacías y el corazón lleno de odio fingido, yo tenía mi propia cita.
El reservado del restaurante Ten Con Ten estaba en penumbra.
Lorenzo había alquilado el espacio y había puesto a sus mejores hombres disfrazados de camareros.
Yo estaba sentada en un sillón de terciopelo, acariciando mi vientre de cinco meses bajo un vestido de punto beige que gritaba "madre inofensiva".
La puerta se abrió.
Tres hombres entraron. No eran Dante. Eran