El café de la mañana nunca me había sabido tan dulce.Me senté en la terraza acristalada de la mansión, bañada por el sol de invierno, untando mermelada de fresa sobre una tostada con una calma que rozaba lo psicopático.Lorenzo estaba sentado frente a mí. Llevaba su bata de seda granate y leía las noticias financieras en su tablet, ajeno a que la noticia más importante del día no estaba en Bloomberg, sino en su propia cuenta bancaria vacía.—El mercado está volátil —comentó, sin levantar la vista—. El petróleo ha subido.—Qué interesante, querido —respondí, mordiendo la tostada. El crujido del pan tostado sonó fuerte en el silencio.El teléfono de Lorenzo, que descansaba sobre la mesa junto a la cafetera de plata, vibró.Lorenzo miró la pantalla. Frunció el ceño.—Es el asistente personal de banca privada —murmuró, descolgando con fastidio—. ¿Sí? ¿Qué pasa ahora, Rodrigo?Bebí un sorbo de café, ocultando mi sonrisa tras la taza de porcelana.—¿Cómo que denegada? —La voz de Lorenzo su
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