El fuego en la pantalla de televisión era hipnótico.
Naranja. Negro. Rojo.
Las llamas devoraban el almacén de Getafe con una voracidad que parecía personal. No quedaba estructura. No quedaba esperanza. Si Lorenzo Castillo estaba allí dentro, ahora era ceniza y leyenda.
Mateo apagó la televisión con un golpe seco del mando. La habitación quedó en penumbra, iluminada solo por la luz de la luna que se filtraba por las rendijas de las planchas de acero.
—Se acabó —dijo Mateo. Su voz sonaba hueca, s