Llegamos a la mansión y ni siquiera esperé a que el auto se detuviera del todo para bajar. La puerta apenas se abrió y yo ya estaba fuera. No miré atrás. No dije nada. No quería verle la cara. Si abría la boca, iba a decir cosas que no tenían vuelta atrás.Caminé rápido, con el pulso todavía acelerado, los tacones resonando contra el suelo como un eco de mi rabia. Atravesé el corredor sin detenerme y me metí en mi habitación, cerrando de un portazo.Me quité los zapatos y los lancé contra la pared. Uno golpeó el espejo. El otro cayó al suelo con un ruido seco. Me quedé ahí, de pie, respirando fuerte, con las manos temblándome de pura impotencia.Había perdido la pista.Había perdido el control.Y, para colmo, había quedado expuesta. Marcada. Humillada.No por el borracho.Por Alexander.Me dejé caer en la cama ya entrada la madrugada, con la cabeza ardiendo y el estómago revuelto. Dormí mal. A ratos. Soñé con gritos, con golpes.Cuando desperté, el sol ya estaba alto.Bajé a la cocina
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