El viaje de vuelta fue en silencio.Iván conducía, los ojos fijos en la carretera. Atrás, Alexander iba a mi lado, su cuerpo pesado contra el asiento de cuero. La sangre se había secado en su piel, cuarteada como arcilla. Seguía oliendo a pólvora No habló. Yo tampoco.Pero su mano, la que yo había entrelazado con la mía en el almacén, no se separó de la mía en todo el trayecto. Llegamos. Las rejas de la mansión se abrieron. Los guardias de la entrada nos miraron, vieron a Alexander, vieron la sangre, y nadie dijo nada. Deben estar acostumbrados.Lo ayudé a bajar. Iván intentó acercarse, pero Alexander lo detuvo con una mirada.—Yo me encargo —dije.Iván asintió y se fue.El pasillo se me hizo largo. Alexander apoyaba parte de su peso en mí, pero caminaba. No estaba débil. Solo cansado.Entramos a su habitación. Cerré la puerta.Lo senté en el borde de la cama. Sus ojos estaban entreabiertos, vidriosos. No sabía si era agotamiento o si su mente estaba en otra cosa. —Voy a limpiarte
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