Llegamos a la mansión y ni siquiera esperé a que el auto se detuviera del todo para bajar. La puerta apenas se abrió y yo ya estaba fuera. No miré atrás. No dije nada. No quería verle la cara. Si abría la boca, iba a decir cosas que no tenían vuelta atrás.
Caminé rápido, con el pulso todavía acelerado, los tacones resonando contra el suelo como un eco de mi rabia. Atravesé el corredor sin detenerme y me metí en mi habitación, cerrando de un portazo.
Me quité los zapatos y los lancé contra la pa