Al día siguiente todo había cambiado.No lo noté al principio. Bajé a la cocina como todas las mañanas, con el uniforme puesto y el pelo recogido. Pero en cuanto puse un pie en el comedor de servicio, sentí las miradas.Clara estaba sentada a la mesa, con una taza de café entre las manos. Me vio y bajó la vista al instante.Elvira estaba de espaldas, lavando algo en la pila. No se giró para saludarme.—Buenos días —dije, con la voz más normal que pude.Nadie respondió.Me quedé un momento en la puerta, sin saber qué hacer. El silencio era incómodo. Pesado. Como una manta mojada sobre los hombros.Clara se levantó de golpe.—Yo ya terminé —murmuró, y salió sin mirarme.Elvira seguía de espaldas.—Elvira —dije—. ¿Pasó algo?Ella se giró por fin. Me miró. Y en sus ojos grises vi algo que no esperaba.No era odio. No era desprecio.Era miedo.—Fabián trabajaba aquí desde hace diez años —dijo, con voz plana—. Diez años cuidando al señor Falcone. Y anoche lo echaron como a un perro.—Eso no
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