El vestido negro me quedaba perfecto.
Me miré al espejo del armario y casi no me reconocí. La tela suave caía sobre mi cuerpo como si la hubieran hecho para mí. Los tacones me alargaban las piernas. El collar de perlas descansaba sobre mi clavícula como un susurro.
Mi pelo, normalmente lacio y sin vida, estaba recogido en un moño bajo. Me había puesto un poco de rubor en las mejillas. Un toque de carmín en los labios.
Supongo que esta es la versión que Ezra espera que sea hoy.
Aunque... ¿Por