No sé cuánto tiempo pasó.Sentada en el suelo, con la espalda contra la puerta, las mejillas mojadas y el pecho vacío. Los minutos se mezclaban con las horas. La luz del sol se fue. La oscuridad llegó.Y en medio de la noche, el teléfono vibró.Lo saqué de debajo del colchón con dedos temblorosos. La pantalla iluminó mi cara. El nombre de Renato.Lo contesté.—Dhalia —dijo su voz al otro lado. Fría, como siempre—. ¿Has tenido avances?—No —respondí, con la voz rota—. Ninguno.El silencio de Renato fue más pesado que un golpe.—Esperaba más de ti —dijo. Y esas palabras me dolieron más de lo que deberían—. Si tú no puedes, tendré que intervenir.—¿Intervenir cómo?—Ya te enterarás. Por ahora, sigue con el plan. Y no falles otra vez.Colgó.Me quedé con el teléfono apretado contra el pecho, el corazón latiéndome en los oídos, la cabeza llena de preguntas.¿Qué va a hacer?¿Qué significa "intervenir"?No dormí en el resto de la noche.---Al día siguiente, un mensaje llegó a mi teléfono.
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