La mansión estaba en silencio cuando llegamos.
Las luces del vestíbulo apenas iluminaban el camino. Los guardias nos recibieron con armas en la mano, pero bajaron la tensión al ver a Ezra. Asintieron. Se hicieron a un lado.
—Sube a tu habitación —dijo Ezra, sin mirarme—. Mañana hablamos.
No esperó respuesta. Subió las escaleras con paso firme, el arma todavía en la mano, la espalda recta como si nada hubiera pasado.
Como si no hubiera matado a varios hombres hace menos de una hora.
Subí a