Nos quedamos dormidos en el sofá.No recuerdo exactamente en qué momento pasó. Solo sé que en algún punto dejé de pensar, de preocuparme, de sentir ese peso constante en el pecho… y me quedé allí, abrazada a él, como si fuera el único lugar donde todo se calmaba.Cuando desperté, la luz del amanecer ya se filtraba por las cortinas del despacho.Estaba sobre él. Mi cabeza en su pecho, su brazo rodeándome con firmeza incluso dormido. Su respiración era lenta, profunda. Tranquila.Me quedé unos segundos así, sin moverme. Escuchando su corazón.Luego, con cuidado, empecé a incorporarme. No quería despertarlo. Pero en cuanto me separé lo suficiente…Su brazo se tensó.—No… —murmuró, aún con la voz cargada de sueño, tirando de mí suavemente—. Quédate un poco más.No pude evitar sonreír.—Ya amaneció —susurré—. Tenemos que levantarnos.Frunció el ceño, claramente molesto por la idea.—No quiero.—Lo sé.Aun así, lo hizo. Soltó un suspiro pesado y se incorporó conmigo.—Voy a darme una ducha
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