EMELY.El auto de Olivar se alejó por la carretera, dejándome con un nudo en la garganta y la piel todavía encendida por su beso. Me acomodé en el asiento, tratando de calmar los latidos de mi corazón mientras mis manos, por instinto, seguían protegiendo mi vientre. A mi lado, el silencio en la cabina era absoluto, solo interrumpido por el motor del vehículo.El lobo que conducía, uno de los guerreros más leales y antiguos de la guardia personal de mi marido, no apartaba la vista del camino. Olivar no confiaba en nadie más para esta tarea; sabía que el peligro no terminaba al salir de la cafetería.De repente, el hombre extendió su mano hacia atrás, entregándome un teléfono encriptado que vibraba con insistencia.—Señora, es el Alfa Magnus —dijo con voz grave y respetuosa.Tomé el aparato, sintiendo un respeto casi reverencial. Magnus, el padre de Olivar, no era un hombre de palabras fáciles, pero su sola presencia en el auto que venía justo detrás de nosotros me daba una seguridad qu
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