La noche era un sudario pesado.El aire dentro de la tienda de mando estaba cargado con el olor a hierbas curativas y el almizcle de tres hombres entregados a su Reina.Pero bajo esa paz artificial, algo chirriaba.—¿Lo habéis oído? —susurré, agarrándome a las sábanas de seda.Mi vientre, una mole de ocho meses que apenas me permitía respirar, se tensó violentamente.Mateo dejó de acariciarme el pelo. Víctor soltó la pluma con la que anotaba mis constantes. Rafael, en su rincón, se puso de pie con un gruñido eléctrico.—No hay nada afuera, Valeria —dijo Víctor, ajustándose las gafas—. Los centinelas no han dado la alarma.—El Consejo no envía centinelas, Víctor —repliqué, sintiendo una punzada de dolor en la base de mi cráneo—. Envía sombras.De repente, un silbido cortó el aire.¡Swoosh!Una flecha negra atravesó la lona de la tienda y se clavó en el poste central, a pocos centímetros de la cabeza de Mateo.—¡ATAQUE! —rugió Mateo, desenvainando su espada en un solo movimiento.La noc
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