La noche era un sudario pesado.
El aire dentro de la tienda de mando estaba cargado con el olor a hierbas curativas y el almizcle de tres hombres entregados a su Reina.
Pero bajo esa paz artificial, algo chirriaba.
—¿Lo habéis oído? —susurré, agarrándome a las sábanas de seda.
Mi vientre, una mole de ocho meses que apenas me permitía respirar, se tensó violentamente.
Mateo dejó de acariciarme el pelo. Víctor soltó la pluma con la que anotaba mis constantes. Rafael, en su rincón, se puso de pie