La noche cayó sobre el campamento unificado.Había sido un día largo. Mis reuniones con los generales habían durado horas. Mi cuerpo, alimentado por la sangre de Víctor pero pesado por el embarazo acelerado, pedía descanso.Entré en la tienda principal.Rafael ya estaba allí, encadenado en su rincón, durmiendo su sueño sin sueños.Mateo y Víctor estaban fuera, organizando las patrullas.Pero yo no estaba sola.Damián me siguió dentro. Caminaba dos pasos detrás de mí, en silencio, con la cabeza gacha. Llevaba una bandeja con una jofaina de agua tibia y toallas limpias.Me senté en el borde de la cama de pieles.Suspiré, estirando las piernas.—Cierra la entrada —ordené sin mirarlo.Damián dejó la bandeja en el suelo y ató los lazos de la lona. La tienda quedó en penumbra, iluminada solo por un par de lámparas de aceite.Se giró hacia mí, esperando. Sus ojos buscaban la cama, quizás con una chispa de esperanza de que, después de ofrecerse a matar inquisidores, se le permitiera subir.Me
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