Salí de la tienda de Lorenzo como una sombra.El campamento de Sangre Negra estaba tranquilo. Demasiado tranquilo. Los centinelas roncaban en sus puestos o miraban hacia el bosque, esperando un ataque externo.Nadie miraba hacia adentro.Me ajusté la capa. Mi cuerpo todavía zumbaba con la energía robada al Alfa enemigo. Me sentía ligera, casi etérea.Caminé hacia la zona trasera. Donde el olor a miedo era más fuerte.Allí había una tienda larga, baja y maloliente. No tenía guardias de honor. Solo tenía una estaca clavada en la entrada con una cadena oxidada.El harén de guerra. O mejor dicho, el corral de esclavas.Entré.El olor a sudor rancio, orina y desesperanza me golpeó la cara.Había una docena de mujeres. Lobas de packs conquistados. Estaban tiradas sobre esteras de paja, algunas dormidas, otras mirando al techo con ojos muertos.Estaban sucias. Delgadas. Rotas.Una de ellas, una chica joven con el pelo enmarañado, se encogió al verme.—No... hoy no... —susurró, cubriéndose la
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