El aire en la habitación se volvió irrespirable.
Olía a ozono. A plata quemada. A incienso litúrgico que se usa para purgar demonios.
Mateo y Rafael se levantaron del suelo, subiéndose los pantalones, tratando de recuperar una dignidad que ya no tenían.
Víctor se pegó a la pared, pálido como un cadáver. Damián gruñó desde su rincón, enseñando los dientes.
Pero yo me quedé sentada en el borde de la cama.
Me arreglé el camisón de seda, cubriendo mis pechos goteantes, pero dejé mi vientre expuesto