La lluvia había parado, pero el cielo seguía gris plomo.Estaba de pie en el balcón principal de la mansión. Llevaba un vestido blanco de seda que Rafael había mandado traer esa misma mañana. Era suelto, pero el viento lo pegaba a mi cuerpo, marcando el pequeño bulto brillante bajo mi ombligo.A mi derecha, Rafael. El Alfa Supremo. A mi izquierda, Mateo. El nuevo Heredero.Abajo, en el patio de armas, todo el pack estaba reunido. Quinientas cabezas agachadas bajo la llovizna.Olían a miedo. Y a curiosidad.—Habla —me susurró Rafael, poniéndome una mano en la espalda baja. Un gesto posesivo que todos pudieron ver.Di un paso adelante.Agarré la barandilla de piedra fría.—¡Manada Plata de Luna! —mi voz, amplificada por la magia de Encantadora, resonó en el valle—. Ayer, el juicio cayó sobre esta casa. La debilidad fue purgada.Hubo un silencio tenso. Todos sabían que hablaba de Damián.—Pero donde se corta una rama podrida —continué, llevando mis manos a mi vientre—, nace un fruto nuev
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