El aire en la celda era tan denso que casi se podía masticar. Olía a deseo antiguo, a tabú y a la rendición total de la moralidad.Mateo cerró la puerta.El sonido metálico selló nuestro destino.Rafael estaba sentado en el borde de la cama de metal, respirando pesadamente, todavía con los pantalones a medio subir. Sus ojos dorados no se apartaban de mí.Mateo caminó hacia nosotros. No había miedo en él, solo una determinación febril. Se quitó la camiseta, revelando un torso joven, duro y marcado, un contraste perfecto con la madurez masiva de su padre.—¿Cómo lo quieres? —preguntó Mateo, parándose frente a mí.Me recosté en el colchón duro, abriendo las piernas como un abanico. Mi falda estaba subida hasta la cintura, exponiendo todo lo que ellos deseaban.—Quiero sentirme llena —dije, mirando a ambos—. Quiero que no quede ni un solo espacio vacío dentro de mí.Rafael gruñó. La orden activó su instinto competitivo, pero también su lujuria colaborativa.—Ven aquí —le ordenó Rafael a s
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