La lluvia había parado, pero el cielo seguía gris plomo.
Estaba de pie en el balcón principal de la mansión. Llevaba un vestido blanco de seda que Rafael había mandado traer esa misma mañana. Era suelto, pero el viento lo pegaba a mi cuerpo, marcando el pequeño bulto brillante bajo mi ombligo.
A mi derecha, Rafael. El Alfa Supremo. A mi izquierda, Mateo. El nuevo Heredero.
Abajo, en el patio de armas, todo el pack estaba reunido. Quinientas cabezas agachadas bajo la llovizna.
Olían a miedo. Y a