El sótano seguía oliendo a desesperación, pero ahora se mezclaba con el aroma metálico de la adrenalina.
Bajé las escaleras.
Mateo ya estaba allí, con las llaves en la mano, pero no había abierto la celda todavía. Me estaba esperando.
—Dice que está listo —me informó Mateo, mirando a través de los barrotes con desconfianza—. Pero no me fío.
Me acerqué a la reja.
Damián estaba de pie. Ya no lloraba. Tenía los ojos secos, inyectados en sangre, fijos en la puerta. Parecía un animal enjaulado que l