La lluvia cesó justo cuando llegué al límite del bosque.
Ante mí se extendía la "Tierra de Nadie". Un páramo de barro y piedras grises que separaba los territorios de Plata de Luna y Sangre Negra.
—No vayas sola —advirtió Rafael a mi espalda. Su voz sonaba débil. La curación mágica lo había salvado, pero estaba agotado.
—Tengo que hacerlo —dije sin girarme—. Él pidió a la líder. Y yo soy la líder.
Me ajusté la capa de piel negra sobre mis hombros desnudos. La herida del orgullo de Damián sangra