El patio de entrenamiento olía a pánico.
Trescientos guerreros intentaban formar filas bajo la lluvia, pero les temblaban las manos. Se les caían las lanzas.
Sus ojos buscaban las sombras del bosque, esperando que los demonios de Sangre Negra saltaran en cualquier momento.
Rafael caminaba entre ellos, gritando órdenes, pero ni siquiera la voz del Alfa Supremo podía cortar esa niebla de terror.
Eran demasiados enemigos. Y ellos lo sabían.
—Van a morir —me susurró Mateo al oído. Estaba a mi lado,