El bosque estaba en silencio, pero no estaba vacío.Podía olerlo.Un aroma ácido y nervioso flotaba entre los pinos. Tabaco barato, menta y sudor frío.Víctor.El Beta de confianza de Rafael. El mismo hombre que solía mirarme con asco cada vez que me veía comer en el comedor de la manada, como si mi existencia fuera una ofensa a su estética.Estaba agazapado detrás de unos arbustos de zarzamora, a unos veinte metros a mi derecha. Su respiración era superficial, intentando ser sigiloso.Pobre idiota. No sabía que mis sentidos ya no eran los de una Omega inútil. Ahora oía el latido acelerado de su corazón como un tambor de guerra.Sonreí, pero no miré hacia él. Todavía no.Miré a Mateo. Estaba tirado en el suelo de la cabaña, recuperando el aliento, con la mirada perdida en el techo de madera.—Levántate —dije. Mi voz salió ronca, cargada de poder.Mateo parpadeó y se incorporó lentamente. Estaba desnudo, cubierto de sudor y de nuestra esencia.—¿Valeria?—Afuera —ordené, señalando la p
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