Dejé a Mateo en la cabaña, durmiendo su sueño inducido. Tenía asuntos pendientes que resolver antes de que saliera el sol.
Me escondí detrás de un roble viejo. La niebla baja cubría el suelo.
Cerré los ojos y visualicé a Damián. Visualicé su voz.
—¡Ayuda! —proyecté hacia el camino. No fue un grito real, fue una ilusión sonora tejida con mi magia—. ¡Me han atacado! ¡Ayuda!
Sonaba patético. Sonaba herido.
Segundos después, escuché pasos apresurados. Tacones golpeando la tierra compacta.
—¿Escucha