El avión aterrizó en JFK con cuarenta minutos de retraso.Lluvia fina. Cielo gris como cemento húmedo. La clase de día de Nueva York que borraba cualquier rastro de luz italiana de golpe, como cambiar de canal.Evelyn miraba el agua resbalando por la ventanilla.Treinta y seis horas antes estaba en Venecia, en una iglesia pequeñísima, con un párroco de ochenta años y dos velas y Nathan diciéndole que la elegía cada mañana.Ahora: asientos de avión, niño llorando tres filas detrás, el olor a café rancio de la cabina, el anuncio de la azafata sobre las puertas de salida.La transición era brutal.Siempre lo era.—¿En qué piensas? —dijo Nathan a su lado, sin apartar los ojos del libro que no estaba leyendo.—En que Venecia debería ser una condición permanente, no una excepción.—Hago llamadas. —Cerró el libro—. ¿En serio?—En que Lucas me debe al menos tres abrazos y espero que Claire le haya dado cereal con azúcar y no la cosa de avena que le dejé anotada porque hoy me da igual.Nathan
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