Tres semanas después de la noche del cuaderno, Evelyn tenía cuarenta y dos páginas.Cuarenta y dos páginas que no existían en ningún servidor de empresa, en ningún drive compartido, en ningún sistema con copia de seguridad automática.Solo en el cuaderno azul marino, guardado en el segundo cajón del escritorio doméstico bajo una carpeta de facturas que nadie abría. Y, desde la segunda semana, en un documento de Word sin título guardado en el portátil personal gris que usaba antes de casarse con Nathan, que había sacado del fondo de un armario, enchufado, y conectado solo para guardar el documento en local.Sin nombre de archivo. Sin nada que lo distinguiera de un borrador olvidado.Nadie lo sabía. Excepto la doctora Reyes, a quien se lo había contado en la segunda sesión como parte de la tarea, y que había escuchado con la atención quieta que tenía para todo y luego había preguntado: ¿cómo se siente al hacerlo?Bien, había respondido Evelyn. Aterrador. Las dos cosas.La doctora había
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