El vuelo de vuelta a Nueva York era el lunes a mediodía.
Evelyn subió al avión con el portátil en la mochila de mano y las últimas doce páginas del manuscrito escritas en el hotel durante el domingo por la tarde, mientras Diana cenaba con el equipo local de Marylebone y el sol londinense se ponía con esa lentitud exasperante y hermosa de los atardeceres del norte de Europa.
Las había escrito sin parar.
Sin la sensación de forzar. Sin el esfuerzo de quien empuja una piedra cuesta arriba. Con esa