El diablo viste de Armani

El interior del Mercedes olía a cuero y dinero. Ese aroma inconfundible de la riqueza absoluta que no necesita presumir porque simplemente existe.

Nathan Blackwood se sentó frente a mí, separado por un océano de asientos de piel color crema. Su guardaespaldas cerró la puerta y el mundo exterior desapareció tras los cristales tintados.

—Conduce —ordenó Blackwood sin mirar al frente—. Da vueltas hasta que te diga.

El coche se puso en marcha. Las luces de Nueva York se deslizaban al otro lado de la ventana como estrellas fugaces.

—¿Va a decirme su nombre o debo adivinarlo?

Su voz me arrancó del trance. Lo miré directamente por primera vez. Error. Sus ojos grises eran hipnóticos, penetrantes, diseñados para desarmar.

—Evelyn —murmuré—. Evelyn Carter.

—Evelyn Carter. —Repitió mi nombre como si lo saboreara—. La esposa de Derek Mitchell. De Sullivan & Partners.

El estómago se me contrajo.

—¿Cómo lo sabe?

—Sé muchas cosas, señora Mitchell. —Una sombra de sonrisa cruzó sus labios—. Mi trabajo es saber cosas. Por ejemplo, sé que su marido lleva seis meses acostándose con su hermana. Sé que esta noche usted lo descubrió. Y sé que hace exactamente tres horas, su adorable familia política transfirió todos los activos conjuntos a cuentas a las que usted no tiene acceso.

El aire abandonó mis pulmones.

—¿Cómo...?

—También sé que Derek Mitchell maneja varios casos de mi competencia —continuó, ignorando mi pregunta—. Y que tiene acceso a información privilegiada que podría serme... útil.

La realidad me golpeó. Esto no era rescate. Esto era oportunismo.

—No voy a espiar a mi marido para usted.

—Ex marido —corrigió—. O lo será pronto. Y no le estoy pidiendo que espíe. Le estoy ofreciendo algo mucho más interesante.

Se inclinó hacia adelante. De cerca, las líneas de su rostro eran aún más definidas. Una cicatriz casi imperceptible cruzaba su ceja izquierda. Tenía la mandíbula de un hombre que había aprendido a sobrevivir a base de voluntad pura.

—Cásese conmigo.

La carcajada que escapó de mis labios fue histérica, desquiciada.

—¿Es una broma?

—Nunca bromeo sobre negocios. —Su expresión no cambió—. Y esto es un negocio, señora Carter. Uno que podría beneficiarnos a ambos.

—¿Por qué diablos querría Nathan Blackwood casarse conmigo?

Él se recostó en el asiento, los dedos tamborileando sobre su rodilla.

—Mi abuelo fundó Blackwood Media hace sesenta años. Cuando murió, dejó el control de la empresa dividido entre mi padre y mi tío. Mi padre falleció hace tres años. Mi tío ha pasado los últimos treinta y seis meses intentando arrebatarme todo. —Hizo una pausa—. El testamento de mi abuelo incluía una cláusula que ambos ignoramos durante años. Para mantener el control mayoritario de las acciones, el heredero debe estar casado antes de cumplir los treinta y siete años.

—¿Y cuándo cumple treinta y siete?

—En seis semanas.

El silencio llenó el coche.

—Hay miles de mujeres en Nueva York que matarían por casarse con usted —dije finalmente—. Mujeres hermosas. Ricas. Conectadas. ¿Por qué yo?

—Porque usted no tiene nada que perder. —Sus ojos se clavaron en los míos—. Las mujeres que describe quieren algo de mí. Dinero. Estatus. Acceso. Usted, en cambio, acaba de perderlo todo. No tiene agenda. No tiene expectativas. Y lo más importante... —se detuvo un momento— tiene un motivo perfecto para querer destruir a Derek Mitchell.

El nombre de Derek encendió algo en mi pecho. Algo oscuro y caliente que no reconocí.

—¿Qué tiene que ver Derek con esto?

—Sullivan & Partners representa a Blackwood Media en varios litigios. Derek Mitchell es el abogado principal. Si me caso con su ex esposa, él queda descalificado por conflicto de intereses. Pierde el caso más importante de su carrera. —La sonrisa de Blackwood era letal—. Y usted obtiene el placer de verlo caer.

—Eso es... retorcido.

—Es justicia poética. —Se encogió de hombros—. Además, hay beneficios adicionales para usted. Un apartamento en el Upper East Side. Una cuenta bancaria generosa. Acceso a los mejores abogados para su divorcio. Y cuando termine nuestro... acuerdo, una compensación de cinco millones de dólares.

Cinco millones. El número flotó en el aire como una alucinación.

—¿Cuánto duraría este matrimonio?

—Un año. Tal vez dos, dependiendo de cómo evolucione la situación con mi tío. Después, un divorcio amistoso y cada uno sigue su camino.

Cerré los ojos. Las imágenes de la última hora asaltaron mi mente. Derek y Madison en mi cama. El anillo de mi madre en su dedo. Las palabras venenosas sobre mi cuerpo, mi peso, mi fracaso como mujer.

"La hermana rellenita. La que no destaca. La que se esconde."

Había pasado treinta y tres años siendo exactamente lo que otros esperaban. La hija obediente. La estudiante aplicada. La esposa sumisa. Y mi recompensa había sido la traición más absoluta.

—¿Por qué estaba usted en esa calle esta noche? —pregunté de pronto—. Los hombres como usted no caminan bajo la lluvia en Manhattan.

Algo cruzó su rostro. Un destello de algo parecido al dolor.

—Estaba visitando un edificio que solía pertenecer a mi familia. Mi ex esposa lo vendió después de nuestro divorcio. Junto con varias otras propiedades. Y su amante, mi antiguo mejor amigo, fue quien facilitó las transacciones.

El aire cambió entre nosotros.

—Así que los dos hemos sido traicionados —murmuré.

—La diferencia es que yo ya tuve mi venganza. —Sus ojos brillaron—. Marcus está en bancarrota. Victoria trabaja como asistente en una revista de tercera. Perdieron todo. —Ladeó la cabeza—. La pregunta es: ¿quiere usted su venganza, señora Carter? ¿O prefiere seguir siendo la víctima que todos esperan que sea?

La víctima. La pobre Evelyn. La que siempre elige conformarse. La que nunca pelea.

Pero la Evelyn que conocían había muerto esta noche. En ese dormitorio. Entre sábanas manchadas con la traición de su hermana.

¿Quién quería ser ahora?

El coche se detuvo en un semáforo. A través del cristal, vi mi reflejo: cabello empapado, maquillaje corrido, ojos de alguien que ha tocado fondo.

Pero también vi algo más. Un destello de rabia. De determinación.

De hambre.

—Tengo condiciones —escuché mi propia voz, firme, irreconocible.

Blackwood enarcó una ceja.

—¿Condiciones?

—Primero: habitaciones separadas. Este es un contrato, no un matrimonio real.

—Aceptado.

—Segundo: necesito acceso completo a la información sobre Derek. Cada caso, cada cliente, cada secreto que tenga Sullivan & Partners sobre él.

Una sonrisa lenta, peligrosa, se extendió por su rostro.

—Puedo conseguir eso.

—Tercero... —Tomé aire—. Quiero aparecer en la gala anual de Blackwood Media. La de marzo. Con usted. En primera plana de cada medio de la ciudad.

—¿Por qué esa gala específicamente?

—Porque Derek y Madison están invitados. Él lleva a todos sus clientes importantes. Y porque quiero que me vean.

Blackwood me estudió durante un largo momento. Como si me viera por primera vez.

—¿Sabe una cosa, señora Carter? Creo que la subestimé.

—Todo el mundo lo hace —respondí—. Ese es su error.

Él extendió la mano. Dedos largos, mano firme, un reloj que costaba más que el apartamento que acababa de perder.

—Entonces tenemos un trato.

Miré su mano. Sabía que al tomarla cruzaría un umbral del que no habría retorno. Que estaba haciendo un pacto con alguien al que el mundo entero consideraba despiadado, calculador, sin corazón.

Pero también sabía otra cosa: por primera vez en mi vida, estaba eligiendo.

No lo que mi madre quería. No lo que Derek esperaba. No lo que la sociedad dictaba para una mujer como yo.

Estrechamos las manos. Su agarre era cálido, firme, sorprendentemente gentil.

—Una cosa más —dije sin soltar su mano—. ¿Por qué me salvó esta noche? Podría haberme dejado caer frente a ese coche. Habría sido más fácil encontrar otra candidata.

Blackwood no respondió de inmediato. Algo oscuro cruzó su mirada. Algo que reconocí porque yo también lo llevaba dentro.

—Porque conozco esa mirada —dijo finalmente—. La de alguien que ha perdido todo menos las ganas de incendiar el mundo. —Me soltó—. Y yo necesito a alguien que no tenga miedo de quemarse.

El coche se detuvo frente a un edificio que reconocí de las revistas. El Blackwood Tower. Sesenta pisos de cristal y acero dominando el skyline de Manhattan.

—Mi asistente la espera en el penthouse. Hay ropa, comida, todo lo que necesite. Mañana a las nueve nos reuniremos para discutir los detalles del contrato. —Hizo una pausa—. Y Evelyn...

Era la primera vez que usaba mi nombre de pila.

—¿Sí?

—A partir de esta noche, el mundo conocerá a la futura señora Blackwood. —Sus ojos grises capturaron los míos—. Asegúrese de que sea alguien digno de recordar.

La puerta se abrió. Un portero uniformado esperaba con un paraguas.

Bajé del coche con mi maleta empapada, mi ropa arruinada y absolutamente nada más que mi nombre.

Pero cuando crucé las puertas del Blackwood Tower, algo había cambiado. Lo sentía en la columna vertebral, en la forma en que mis hombros se enderezaron, en cómo mi barbilla se elevó.

Evelyn Mitchell había muerto en un dormitorio del Upper West Side.

Quien subió al ascensor del penthouse era alguien completamente diferente.

El espejo del elevador me devolvió mi reflejo: empapada, destrozada, pero con ojos que ardían.

"Yo decido quién soy."

Las palabras flotaron en mi mente mientras el ascensor ascendía.

Y entonces mi teléfono vibró. Un mensaje de un número desconocido.

"Sé quién eres realmente, Evelyn Carter. Y sé lo que hizo tu padre antes de morir. Aléjate de Nathan Blackwood o todo saldrá a la luz."

El ascensor se detuvo en el piso sesenta.

Las puertas se abrieron hacia mi nueva vida.

Y hacia secretos que ni siquiera sabía que existían.

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