Mundo ficciónIniciar sesiónDesperté en una cama que no era mía, envuelta en sábanas que costaban más que mi antiguo sueldo mensual.
Por un momento, el pánico me paralizó. Luego los recuerdos de la noche anterior cayeron como fichas de dominó: Derek, Madison, la lluvia, el coche, Nathan Blackwood.
El matrimonio.
Me senté de golpe. La habitación era obscenamente lujosa: ventanales del piso al techo con vista al skyline de Manhattan, muebles de diseño que parecían sacados de una revista, y un vestidor del tamaño de mi antiguo apartamento.
Sobre la mesa de noche, una nota escrita con caligrafía elegante:
"Reunión a las 9:00. El equipo de estilismo llegará a las 7:00. No llegues tarde. —N.B."
Miré el reloj. Las 6:45.
Quince minutos después, un ejército invadió el penthouse.
Cuatro estilistas. Dos maquilladores. Un peluquero con acento francés que miraba mi cabello como si fuera un crimen contra la humanidad. Y una mujer de unos cincuenta años, impecablemente vestida de negro, que se presentó como Margaret Chen, asistente ejecutiva de Nathan Blackwood.
—El señor Blackwood ha dado instrucciones precisas —dijo Margaret, consultando una tablet—. Para las nueve debe estar lista para firmar los documentos. Y para esta noche... —sus ojos me recorrieron de arriba abajo— hay una cena con inversores japoneses. Usted asistirá.
—¿Esta noche? Pero apenas...
—El mundo no espera, señora Carter. Y tampoco el señor Blackwood.
Las siguientes dos horas fueron un torbellino.
Me lavaron, hidrataron, exfoliaron. El peluquero cortó las puntas muertas de mi cabello castaño y aplicó un tratamiento que lo dejó brillante como seda. Las estilistas trajeron perchas y perchas de ropa: vestidos de diseñador, trajes sastre, blusas de seda que susurraban al tacto.
—Talla catorce —murmuró una de ellas, tomando medidas—. Curvas hermosas. Trabajaremos con eso, no contra eso.
Era la primera vez en años que alguien describía mi cuerpo sin desprecio.
El maquillaje fue sutil pero transformador. Realzaron mis ojos verdes, definieron mis pómulos, dieron color a unos labios que habían olvidado cómo sonreír.
Y cuando finalmente me pusieron frente al espejo de cuerpo entero, no reconocí a la mujer que me devolvía la mirada.
El vestido era verde esmeralda, ajustado en la cintura, cayendo elegante hasta la rodilla. Tacones negros de diez centímetros. Pendientes de diamantes prestados. El cabello suelto, ondulado, enmarcando un rostro que parecía... poderoso.
No era la Evelyn gorda y patética que Derek describía.
Era alguien completamente nueva.
—La señora Blackwood está lista —anunció Margaret.
El título me golpeó como una descarga eléctrica. La señora Blackwood. En unas horas, ese sería mi nombre.
La oficina de Nathan ocupaba todo el piso cincuenta y nueve. Cristal, acero, minimalismo brutal. Y él, sentado detrás de un escritorio que parecía un altar al capitalismo, levantó la vista cuando entré.
Sus ojos grises me recorrieron de arriba abajo. Lentamente. Sin pudor.
—Impresionante —fue todo lo que dijo.
No era un cumplido. Era una evaluación. Como si estuviera tasando una adquisición.
—Los documentos están listos —continuó, señalando una carpeta sobre el escritorio—. Mi abogado revisará cada cláusula contigo. Pero antes... —se levantó, abrochándose el botón del saco— hay algo que debes saber.
Caminó hacia mí. De cerca, su presencia era abrumadora. Metro noventa de puro control calculado.
—El mensaje que recibiste anoche. El de tu padre.
El estómago se me contrajo.
—¿Cómo sabes sobre eso?
—Porque yo lo envié.
El aire abandonó la habitación.
—¿Qué?
—Era una prueba. —Su expresión no cambió—. Necesitaba saber si huirías al primer obstáculo o si tenías la columna vertebral para quedarte. Pasaste.
La rabia me subió por el pecho como lava.
—¿Una prueba? ¿Me hiciste creer que alguien amenazaba a mi familia muerta como una maldita prueba?
—Tu padre no tiene secretos oscuros, Evelyn. Era contador en una firma mediana de New Jersey. Murió de un ataque cardíaco hace ocho años. Su único pecado fue criar a dos hijas, una de las cuales resultó ser una traidora. —Ladeó la cabeza—. ¿Ves? Investigo a mis socios.
Quería abofetearlo. Quería gritarle que era un monstruo manipulador.
Pero también... también entendía.
En su mundo, la confianza era debilidad. Y él no podía permitirse debilidades.
—No vuelvas a hacer algo así —dije, mi voz temblando de furia contenida—. Nunca.
—Tienes mi palabra.
Antes de que pudiera responder, la puerta de la oficina se abrió de golpe.
Y el pasado entró con tacones de aguja.
Victoria Ashford. La ex esposa de Nathan. La reconocí de las revistas: rubia platino, pómulos afilados, ese tipo de belleza fría que las cámaras adoran.
Pero de cerca, las grietas eran visibles. El maquillaje demasiado pesado, las ojeras mal disimuladas, la desesperación apenas oculta.
—Nathan, cariño —ronroneó, ignorándome por completo—. Necesitamos hablar sobre...
Se detuvo en seco. Sus ojos azules me evaluaron como un depredador evalúa a su presa.
—¿Y esta quién es? ¿La nueva asistente?
—Mi prometida —respondió Nathan con frialdad—. Evelyn Carter. Nos casamos el viernes.
El silencio fue delicioso.
Vi cómo la información procesaba en el cerebro de Victoria. La incredulidad. La negación. Y luego, la furia apenas contenida.
—¿Prometida? —La risa que salió de sus labios era veneno puro—. Nathan, por favor. Mírate. Y mírala a ella. —Me señaló con desprecio—. No es exactamente tu tipo.
—Mi tipo resultó ser una ladrona y una mentirosa —replicó Nathan—. Estoy probando algo nuevo.
Victoria palideció.
—Cuidado con lo que dices. Mi abogado...
—Tu abogado trabaja ahora para mí. —Nathan sonrió, y fue aterrador—. ¿No te enteraste? Marcus perdió su licencia la semana pasada. Fraude fiscal. Qué conveniente.
Victoria giró hacia mí, buscando un blanco más fácil.
—Tú. No sé quién eres ni de qué agujero saliste, pero escúchame bien. —Dio un paso hacia mí, su perfume caro mezclándose con algo rancio—. Nathan Blackwood destruye todo lo que toca. Te usará, te exprimirá, y cuando termine, te tirará como hizo conmigo.
La Evelyn de ayer habría bajado la mirada. Habría murmurado una disculpa. Habría dejado que esta mujer la pisoteara.
Pero la Evelyn de ayer murió en un dormitorio del Upper West Side.
—Interesante teoría —dije, mi voz sorprendentemente firme—. Pero según tengo entendido, fuiste tú quien lo traicionó con su mejor amigo. Tú quien vació las cuentas conjuntas. Tú quien vendió propiedades familiares para financiar tu amante. —Ladeé la cabeza, imitando el gesto de Nathan—. Así que perdóname si no tomo consejos de alguien que confunde víctima con verdugo.
El silencio podría haberse cortado con un cuchillo.
Victoria abrió la boca. La cerró. Sus mejillas se tiñeron de rojo.
—¿Quién te crees que eres?
—Alguien que decide quién es —respondí—. No alguien que deja que otros la definan.
Sentí la mirada de Nathan clavada en mi perfil. No necesitaba verlo para saber que estaba sonriendo.
—Seguridad —dijo él, presionando un botón—. La señora Ashford se retira.
Dos guardias aparecieron en segundos.
Victoria me lanzó una última mirada venenosa mientras la escoltaban hacia la puerta.
—Esto no termina aquí —siseó—. Ninguna de las dos.
Y desapareció.
El silencio que quedó era diferente. Cargado.
Nathan caminó hacia mí. Más cerca de lo apropiado. Podía oler su colonia: madera, especias, algo oscuro.
—Impresionante —repitió, pero esta vez la palabra tenía un peso diferente—. Victoria ha intimidado a ejecutivos, políticos, incluso a un juez. Y tú la desarmaste en treinta segundos.
—Tuve un buen maestro. —Sostuve su mirada—. La humillación enseña mucho sobre cómo defenderse.
Algo cruzó su rostro. ¿Respeto? ¿Interés? Era difícil leer a un hombre que había convertido la máscara en arte.
—Firmemos los papeles —dijo finalmente—. Y luego te prepararé para esta noche.
—¿Prepararme?
—Los inversores japoneses son... tradicionales. Esperan cierto comportamiento de una esposa. —Hizo una pausa—. Pero algo me dice que no serás una esposa tradicional.
—Algo te dice bien.
Por primera vez, Nathan Blackwood rio. Un sonido bajo, genuino, que transformó su rostro de piedra en algo casi humano.
—Esto va a ser interesante, señora Blackwood.
Firmé los documentos con mano firme. Cada página era un clavo más en el ataúd de mi antigua vida.
Cuando terminamos, Margaret entró con expresión grave.
—Señor Blackwood. Hay un problema.
—¿Qué tipo de problema?
—Derek Mitchell acaba de presentar una demanda. Está acusando a la señora Carter de... —Margaret tragó saliva— robo de información confidencial y espionaje corporativo. Pide una orden de restricción inmediata.
El suelo desapareció bajo mis pies.
—¿Qué? Eso es mentira. Yo nunca...
—Hay más. —Margaret me miró con algo parecido a la pena—. Su hermana Madison ha dado una declaración jurada. Afirma que usted accedió a archivos del despacho de su esposo y los vendió a la competencia.
Madison. Mi propia sangre.
—Es mentira —repetí, pero mi voz temblaba—. Todo es mentira.
Nathan no dijo nada. Sus ojos grises me estudiaban como si pudiera ver a través de mi piel, mis huesos, mis secretos.
—¿Lo es? —preguntó finalmente.
Y en ese momento, supe que todo lo que había construido en las últimas doce horas pendía de un hilo.
De su decisión de creerme.
O no.







