Mundo ficciónIniciar sesiónLos segundos se estiraron como chicle. Nathan no apartaba sus ojos de los míos, buscando algo. Una grieta. Una mentira.
No encontraría ninguna.
—Mírame —dije, dando un paso hacia él—. Llevo cinco años siendo la esposa invisible de Derek Mitchell. Mi trabajo era sonreír en las cenas, organizar eventos, y desaparecer cuando no me necesitaba. ¿Crees que alguien así tendría acceso a información confidencial? ¿Crees que Derek confiaba en mí lo suficiente para dejarme ver sus archivos?
Nathan no respondió.
—Derek nunca me dejó tocar su computadora. Nunca me llevó a su oficina. Nunca me habló de sus casos. Para él, yo era decoración. Mueble con pulso. —La rabia me quemaba la garganta—. Así que no, no robé nada. Porque Derek se aseguró de que yo no valiera lo suficiente para confiarme nada.
El silencio se extendió.
Luego Nathan giró hacia Margaret.
—Llama a Harrison. Quiero a los mejores abogados penalistas en mi oficina en una hora. Y contacta a nuestro equipo de investigación. Quiero saber exactamente qué está tramando Derek Mitchell y quién lo respalda.
—¿Señor?
—La señora Blackwood no es una espía. Es mi prometida. Y cualquier ataque contra ella es un ataque contra mí. —Sus ojos se oscurecieron—. Que lo sepan.
Margaret asintió y salió.
Me temblaban las rodillas. De alivio. De gratitud. De algo que no quería nombrar.
—¿Por qué? —pregunté—. Podrías haberme dejado caer. Habría sido más fácil encontrar otra candidata para tu farsa.
Nathan caminó hacia el ventanal, dándome la espalda. La silueta de Manhattan se extendía bajo sus pies como un reino conquistado.
—Porque reconozco una trampa cuando la veo. Derek Mitchell es un abogado mediocre con ambiciones que superan su talento. Si tuviera pruebas reales, habría ido a la policía, no a los tribunales civiles. —Se giró—. Esto es una maniobra para asustarte. Para obligarte a volver.
—¿Volver?
—Piénsalo. Si retiras la demanda de divorcio, si vuelves a ser su esposa obediente, la acusación desaparece. —Nathan ladeó la cabeza—. Es chantaje disfrazado de litigio.
El estómago se me revolvió. Derek no me quería de vuelta. Quería control. Quería demostrar que yo seguía siendo suya, incluso ahora.
—No voy a volver —dije—. Nunca.
—Lo sé. Por eso vamos a destruirlo.
Las siguientes horas fueron un curso acelerado en guerra corporativa.
Harrison Burke, el abogado principal de Blackwood Media, era un hombre de sesenta años con ojos de tiburón y una reputación que hacía temblar a jueces. Llegó con un equipo de seis asociados, cada uno cargando carpetas que contenían todo lo que siempre quise saber sobre Derek Mitchell.
Y mucho que nunca imaginé.
—Su esposo tiene problemas financieros —explicó Harrison, desplegando documentos sobre la mesa de conferencias—. Deudas de juego. Apuestas en línea. Ha estado desviando fondos de clientes para cubrir sus pérdidas.
La sangre se me heló.
—¿Qué?
—Sullivan & Partners no lo sabe todavía. Pero lo sabrán pronto. Derek necesita dinero, señora Carter. Y usted era su póliza de seguro.
—No entiendo.
Harrison intercambió una mirada con Nathan.
—El acuerdo prenupcial que firmó incluía una cláusula de infidelidad —continuó Harrison—. Si Derek era infiel, usted tenía derecho a una compensación significativa. Pero si usted era quien abandonaba el matrimonio sin causa justificada...
—Perdía todo.
—Exacto. Derek planeaba forzarla a irse. Hacerle la vida imposible hasta que usted pidiera el divorcio. Así evitaba pagar y mantenía acceso a su herencia.
—¿Mi herencia?
Otro documento apareció frente a mí.
—Su padre era contador, sí. Pero también era el albacea de una fundación familiar. Una fundación que administraba un fideicomiso de tres millones de dólares. A nombre de sus dos hijas.
El mundo dio vueltas.
—Eso es imposible. Mi padre... nosotros nunca tuvimos dinero. Vivíamos en un apartamento de dos habitaciones.
—Porque su padre protegía el fondo. Nadie podía tocarlo hasta que ambas hijas cumplieran treinta y cinco años. Usted los cumple en cuatro meses, señora Carter. —Harrison cerró la carpeta—. Y Derek Mitchell lo sabía.
Madison. Madison lo sabía.
Las piezas encajaron con una claridad nauseabunda. Mi hermana no había robado a mi marido por amor. Había sido un plan desde el principio. Seducirlo. Embarazarse. Asegurar su lugar como heredera cuando yo quedara fuera del fideicomiso.
—Mi hermana... —La palabra sabía a ceniza—. Ella planeó todo esto.
—Creemos que sí —dijo Nathan—. Madison contactó a Derek hace dieciocho meses. Poco después de que su padre muriera y ella descubriera los documentos del fideicomiso.
Dieciocho meses. Un año y medio de mentiras. De sonrisas falsas en las cenas familiares. De abrazos de hermana que ocultaban el cuchillo que clavaba en mi espalda.
—¿Por qué no me lo dijiste antes? —pregunté a Nathan—. Sabías todo esto cuando me ofreciste el trato.
—Porque necesitaba saber quién eras. —Se levantó de su asiento, rodeando la mesa hasta quedar frente a mí—. Una víctima que busca refugio o una mujer dispuesta a pelear.
—¿Y ahora?
—Ahora sé que puedes mirar a Victoria Ashford a los ojos y hacerla retroceder. Que puedes descubrir que tu familia te traicionó por dinero y seguir de pie. —Sus ojos capturaron los míos—. Eres exactamente lo que necesito, Evelyn.
No debería haberme afectado. Era un cumplido utilitario, no romántico.
Pero algo en la forma en que dijo mi nombre...
—¿Qué hacemos ahora? —pregunté, alejando pensamientos peligrosos.
—Esta noche, la cena con los japoneses. Mañana, respondemos a la demanda de Derek con una contrademanda que lo dejará en la ruina. Y el viernes... —una sonrisa lenta, depredadora— nos casamos.
—El viernes. Eso son tres días.
—¿Tienes algo mejor que hacer?
El resto del día fue un maratón de preparación.
Margaret me llevó a un apartamento privado en el piso cuarenta, completamente amueblado y equipado con un armario que parecía una boutique de lujo. Cada vestido, cada par de zapatos, cada accesorio había sido seleccionado para transformarme en la esposa perfecta de Nathan Blackwood.
—El señor Blackwood tiene ciertas expectativas sobre la imagen pública —explicó Margaret mientras organizaba mi agenda—. Nada de redes sociales sin aprobación. Nada de declaraciones a la prensa. Y sobre todo, nada de contacto con su antigua vida.
—¿Mi antigua vida?
—Derek Mitchell. Madison Carter. Cualquier persona de su pasado que pueda comprometer la narrativa.
La narrativa. Como si mi vida fuera un guion que Nathan estaba escribiendo.
Pero, ¿no era exactamente lo que había aceptado?
—Una cosa más. —Margaret bajó la voz—. El señor Blackwood puede parecer frío, pero hay cosas que no tolera. La deslealtad está en primer lugar. Victoria aprendió esa lección. No la olvide.
Antes de que pudiera responder, mi teléfono vibró.
Un mensaje de Madison: "Evie, podemos arreglar esto. Solo ven a casa. Derek está dispuesto a retirar todo si vuelves. Piénsalo. Eres mi hermana. Te quiero."
La risa que salió de mis labios era amarga, rota.
Te quiero. Después de robarme todo.
Bloqueé su número.
A las siete de la noche, el vestido negro de Valentino se ajustaba a mis curvas como una segunda piel. Pendientes de diamantes. Tacones de Louboutin. Cabello recogido en un moño elegante.
Cuando bajé al lobby del penthouse, Nathan ya esperaba.
Su mirada recorrió mi cuerpo de arriba abajo. Lentamente. Sin disimulo.
—Perfecta —murmuró.
El calor subió por mi cuello.
—Recuerda —dijo, ofreciéndome su brazo— esta noche eres mi prometida. Tendrás que actuar como si estuvieras enamorada.
—¿Y tú?
—Yo siempre estoy actuando.
Sus palabras deberían haberme enfriado. Pero la forma en que su mano se posó sobre mi espalda, cálida a través de la seda del vestido, contaba una historia diferente.
Entramos al restaurante privado entre flashes de cámaras. Los paparazzi habían aparecido de la nada.
—¿Los llamaste tú? —susurré.
—Mañana, el mundo sabrá que Nathan Blackwood tiene prometida. Y Derek Mitchell sabrá que perdió.
Sonreí para las cámaras. Mi primera sonrisa real en años.
Pero cuando entramos al salón privado, la sonrisa murió.
Porque sentado en la mesa de los inversores japoneses, con una copa de sake en la mano y una sonrisa venenosa en los labios, estaba alguien que no debería estar ahí.
Marcus Reeves.
El ex mejor amigo de Nathan.
El amante de Victoria.
Y a juzgar por la forma en que sus ojos brillaron al vernos entrar, no estaba ahí por casualidad.
—Nathan —dijo, levantándose con falsa calidez—. Qué alegría verte. Y con compañía nueva, además. —Sus ojos se clavaron en mí—. Muy nueva.
Sentí cómo la mano de Nathan se tensaba contra mi espalda.
Y supe que la verdadera guerra acababa de comenzar.







