El Mercedes olía igual que la primera noche.
Cuero. Dinero. Silencio.
Pero esta vez el silencio tenía peso.
Nathan miraba por la ventana. Yo miraba por la mía. Manhattan pasaba afuera como siempre, indiferente a cualquier drama que no fuera el suyo.
Cuatro minutos desde el MoMA hasta Blackwood Tower.
Tres minutos cincuenta y ocho segundos más de los que necesitaba.
—¿Qué tienes que decirme?
Su voz cortó el silencio sin preámbulo.
Me giré.
Nathan me estaba mirando.
No con la expresión de siempre.