Nathan no durmió en toda la noche.
Lo supe porque yo tampoco dormí.
Cuando le mostré el sobre, su rostro se convirtió en piedra. Llamó a seguridad. Revisaron cada centímetro del apartamento. Interrogaron al personal. Analizaron las cámaras.
Nada.
Quien había entrado era un fantasma.
—Esto no es posible —repetía el jefe de seguridad, un hombre llamado Torres con cara de bulldog—. Nadie entra ni sale sin registro. Nadie.
—Evidentemente alguien lo hizo. —La voz de Nathan era un cuchillo—. Encuéntra