Mundo ficciónIniciar sesiónEl aroma del sake caliente se mezclaba con algo más amargo. Peligro.
Marcus Reeves no había envejecido bien. Las fotos de las revistas de negocios mostraban a un hombre apuesto, carismático, el tipo que cerraba tratos con una sonrisa. Pero de cerca, las grietas eran evidentes. Ojeras profundas. Mandíbula tensa. Y una mirada hambrienta que me recorría como si fuera mercancía en subasta.
—Nathan. —Marcus extendió la mano—. Ha pasado tiempo.
Nathan no la tomó.
—No el suficiente.
Los inversores japoneses intercambiaron miradas incómodas. El señor Tanaka, el mayor del grupo, carraspeó y señaló los asientos vacíos.
—Por favor, Blackwood-san. La cena se enfría.
Nathan me guio hacia la mesa con una mano firme en mi espalda. Cada punto de contacto quemaba a través de la seda del vestido. Me ubicó en la silla junto a la suya, directamente frente a Marcus.
Estrategia. Todo era estrategia con él.
—No sabía que tenías... compromisos nuevos. —Marcus llenó su copa de sake sin apartar los ojos de mí—. ¿Cómo te llamas, querida?
—Evelyn Carter —respondí antes de que Nathan pudiera hacerlo—. Futura señora Blackwood.
La sonrisa de Marcus se congeló un milisegundo. Suficiente para saber que había dado en el blanco.
—Carter. El nombre me suena. —Ladeó la cabeza, fingiendo pensar—. ¿No eres la esposa de Derek Mitchell? ¿El abogado de Sullivan & Partners?
El estómago se me contrajo. Por supuesto que lo sabía. Hombres como Marcus Reeves no hacían preguntas cuyas respuestas desconocieran.
—Ex esposa —corregí—. Un error que estoy rectificando.
—Vaya, vaya. —Marcus se recostó en su silla—. Nathan Blackwood recogiendo los descartes de otros. Qué generoso.
El aire cambió. La temperatura bajó varios grados.
Nathan no se movió. No alzó la voz. Pero cuando habló, cada palabra era hielo.
—Evelyn no es un descarte, Marcus. Es mi elección. Algo que tú nunca entenderías, considerando que Victoria te eligió solo porque no podías conseguir nada mejor.
El golpe aterrizó. Vi cómo Marcus apretaba la mandíbula, cómo sus nudillos se blanqueaban alrededor de la copa.
—Caballeros. —El señor Tanaka intervino con diplomacia japonesa—. Estamos aquí para hablar de negocios, ¿no es así?
La cena transcurrió como un campo minado.
Los inversores presentaron sus propuestas. Nathan respondía con precisión quirúrgica, citando cifras y proyecciones sin consultar ningún documento. Su mente era una máquina. Fría. Implacable. Fascinante.
Yo permanecí en silencio, observando. Aprendiendo.
Madison siempre decía que era invisible. Que nadie me notaba en las fiestas. Pero la invisibilidad tenía sus ventajas. Podías ver cosas que otros ignoraban.
Como la forma en que Marcus miraba a Nathan. No era solo resentimiento. Era obsesión. El tipo de odio que nace de algo más profundo.
Como la tensión en los hombros del señor Yamamoto cada vez que se mencionaba la expansión asiática. Había algo ahí. Algo que no cuadraba.
Como los dedos de Nathan rozando mi muñeca bajo la mesa cada vez que Marcus abría la boca. Un gesto inconsciente. Protector.
Lo noté.
Y me confundió.
—Evelyn. —La voz de Marcus cortó mis pensamientos—. Debes estar aburridísima con toda esta charla de negocios. ¿Por qué no vamos al bar mientras los hombres terminan?
—Evelyn se queda —dijo Nathan sin mirarme.
—¿Hablas por ella ahora? —Marcus sonrió—. Qué conveniente.
—Puedo hablar por mí misma. —Me enderecé en la silla—. Y prefiero quedarme. A diferencia de algunas personas, encuentro fascinante escuchar a hombres inteligentes discutir estrategia.
El silencio que siguió fue delicioso.
Marcus entrecerró los ojos.
—Cuidado, querida. Las garras no te quedan.
—¿No? —Ladeé la cabeza, imitando su gesto de antes—. Quizás es que nunca has conocido a una mujer que las tuviera.
El señor Tanaka tosió. Podría jurar que ocultaba una sonrisa.
Nathan, a mi lado, no se movió. Pero su mano encontró la mía bajo el mantel. Un apretón breve. Cálido.
Aprobación.
El resto de la cena pasó sin más incidentes. Los japoneses firmaron una carta de intención. Nathan mantuvo su máscara de frialdad profesional. Y Marcus bebió copa tras copa de sake, sus ojos nunca abandonando mi rostro.
Cuando finalmente nos levantamos para irnos, Marcus me interceptó cerca de la puerta.
—Un momento, Evelyn.
Nathan se tensó a mi lado.
—Está bien —dije, tocando su brazo—. Dame un minuto.
Era una apuesta. Nathan no parecía el tipo de hombre que aceptaba órdenes. Pero después de un momento eterno, asintió y se alejó tres pasos.
Suficiente para dar privacidad. Insuficiente para dejarme sola.
Marcus se inclinó hacia mí. Su aliento olía a alcohol y a algo rancio.
—No sé qué juego crees que estás jugando, pero te lo advierto: Nathan Blackwood destruye todo lo que toca. Su ex esposa. Su mejor amigo. Su propia familia. —Bajó la voz—. ¿Crees que tú serás diferente?
—Creo que eso no es asunto tuyo.
—Oh, pero lo es. —Su mano rozó mi codo. Un contacto que pretendía ser casual pero que gritaba amenaza—. Derek Mitchell es un viejo conocido. Me contó cosas interesantes sobre ti. Sobre tu familia. Sobre ese fideicomiso del que nadie habla.
El corazón me dio un vuelco.
—¿Qué sabes del fideicomiso?
—Sé que vale tres millones. Sé que tu hermana haría cualquier cosa por quedárselo. —Marcus sonrió—. Y sé que Nathan Blackwood no hace nada sin un motivo oculto. ¿Te has preguntado por qué te eligió a ti, Evelyn? ¿Precisamente a ti?
Antes de que pudiera responder, una mano se posó en mi cintura. Firme. Posesiva.
—Marcus. —La voz de Nathan era seda sobre acero—. Aléjate de mi prometida.
—Solo conversábamos.
—La conversación terminó.
Los dos hombres se miraron. Algo antiguo y violento cruzó entre ellos. Historia. Traición. Sangre.
Marcus retrocedió primero.
—Nos veremos pronto, Nathan. —Sus ojos se clavaron en mí—. Y tú también, Evelyn. Más pronto de lo que crees.
Desapareció entre las sombras del restaurante.
Nathan no me soltó.
—¿Qué te dijo?
—Nada importante.
—Evelyn.
—Intentó asustarme. No funcionó.
Sus ojos grises me estudiaron. Buscando algo. Encontrándolo.
—Mentirosa —murmuró—. Pero una mentirosa valiente.
El coche nos esperaba afuera. Las calles de Manhattan brillaban con lluvia reciente. El chofer abrió la puerta y Nathan me ayudó a entrar, su mano en mi espalda como un ancla.
Cuando el coche arrancó, el silencio se hizo denso.
—Marcus mencionó el fideicomiso —dije finalmente.
—Lo escuché.
—¿Cómo lo sabe?
—Marcus sabe muchas cosas que no debería. —Nathan miraba por la ventana, su perfil recortado contra las luces de la ciudad—. Es lo que lo hace peligroso.
—¿Trabaja con Derek?
—Es posible. Marcus perdió todo después de lo de Victoria. Su reputación. Sus contactos. Su licencia. —Se giró hacia mí—. Hombres desesperados hacen cosas desesperadas.
—¿Y tú? —pregunté antes de poder detenerme—. ¿Qué hizo que te volvieras... así?
—¿Así cómo?
—Frío. Calculador. Incapaz de confiar en nadie.
El silencio se extendió. Pensé que no respondería.
—Mi madre murió cuando tenía doce años —dijo finalmente—. El caso nunca se resolvió. Desde entonces, aprendí que la confianza es un lujo que no puedo permitirme.
La vulnerabilidad en su voz me golpeó como un puñetazo.
—Lo siento.
—No lo sientas. Me hizo quien soy. —Sus ojos capturaron los míos en la oscuridad del coche—. Y quien soy va a protegerte de Marcus, de Derek, y de cualquiera que intente hacerte daño.
—¿Por qué?
—Porque eres mía ahora, Evelyn. Al menos ante el mundo. —Hizo una pausa—. Y yo cuido lo que es mío.
Mía. La palabra debería haberme ofendido. Era posesiva, arcaica, exactamente el tipo de cosa que Derek habría dicho.
Pero en labios de Nathan, sonaba diferente.
Como una promesa.
Como una amenaza.
El coche se detuvo frente al Blackwood Tower.
—Mañana comenzamos los preparativos de la boda —dijo Nathan mientras el chofer abría la puerta—. Y necesitamos establecer algunas reglas para nuestra... convivencia.
—¿Reglas?
—Habitaciones separadas. Horarios. Expectativas públicas y privadas. —Me miró—. Esto es un contrato, Evelyn. No lo olvides.
—No lo olvido.
—Bien.
Subimos al ascensor en silencio. Cuando llegamos al piso cuarenta, Nathan se detuvo frente a mi puerta.
—Evelyn.
—¿Sí?
—Lo que hiciste esta noche con Marcus. —Sus ojos brillaron con algo indefinible—. No vuelvas a hacerlo.
—¿Defenderme?
—Enfrentarte a él sola. —Dio un paso hacia mí. Demasiado cerca—. La próxima vez, déjame a mí.
El calor de su cuerpo atravesó el espacio entre nosotros. Su colonia me envolvía. Madera. Especias. Peligro.
—¿Y si no quiero?
—Entonces tendremos un problema.
Se alejó antes de que pudiera responder. Sus pasos resonaron por el pasillo hasta desaparecer en el ascensor privado.
Me quedé frente a mi puerta, el corazón latiendo demasiado rápido.
Esto era un contrato. Un negocio. Una farsa.
Entonces, ¿por qué la forma en que dijo "mía" seguía resonando en mi pecho?
Entré al apartamento y me dejé caer en el sofá.
Mi teléfono vibró. Un mensaje de número desconocido.
"Pregúntale a Nathan sobre la noche que murió su madre. Pregúntale dónde estaba su tío Edward. Y pregúntate por qué te necesita a TI específicamente."
El teléfono resbaló de mis dedos.
¿Qué secretos ocultaba el hombre con quien estaba a punto de casarme?







