La primera función

Diana Cross llegó con veintidós minutos de retraso, dos maletas de ruedas, y la energía específica de alguien que no pide perdón por ocupar espacio.

Cuarenta y dos años. Cabello natural gris plateado cortado en un bob perfecto. Labios rojos sin necesidad de ocasión especial. Una mirada que inventariaba todo en tres segundos y no guardaba el resultado para ella sola.

—Dios mío —dijo, deteniéndose en el umbral y mirándome de arriba abajo—. Tienes los huesos perfectos y nadie te lo ha dicho nunca, ¿verdad?

—Buenos días —respondí.

—Es mediodía. —Entró sin esperar invitación—. Muéstrame lo que trajiste en esa maleta.

—¿Por qué?

—Para saber qué podemos salvar y qué incineramos.

Lo que salvamos: tres blusas, dos pantalones, los zapatos negros de tacón que había comprado para una cena de Sullivan & Partners que Derek canceló en el último momento.

Lo que el resto no mencionaremos.

Diana trabajó durante cuatro horas seguidas.

No habló de Nathan. No preguntó sobre el contrato. No hizo ninguna de las preguntas que cualquier otra persona habría hecho.

Habló de telas. De siluetas. De cómo la ropa puede ser una conversación antes de abrir la boca.

—Tienes curvas que la mitad de mis clientas pagarían por tener —dijo, ajustando el dobladillo de un vestido azul marino—. El error que cometías antes era esconderte. La ropa grande no te hace invisible. Solo le dice al mundo que crees que deberías serlo.

No respondí.

Porque tenía razón y las dos lo sabíamos.

A las cuatro de la tarde, Diana cerró la última maleta y me miró con algo que no era exactamente satisfacción, sino algo más interesante.

Reconocimiento.

—Esta noche hay una cena en el MoMA. Beneficencia, cuatrocientas personas, fotógrafos en la entrada. Nathan tiene mesa. —Hizo una pausa—. Será tu primera aparición pública como su acompañante.

—¿Esta noche?

—Las noticias sobre la demanda de Derek ya circulan en los círculos correctos. Nathan quiere que la narrativa sea suya antes de que sea de los medios. —Diana me miró directamente—. ¿Puedes con eso?

Pensé en Derek firmando documentos legales mientras yo dormía en el suelo de un taxi mental.

—Sí —dije.

—Bien. —Diana se levantó—. Una última cosa. En esos eventos hay un hombre al que debes conocer antes de verlo allí.

—¿Quién?

—Marcus Vane. —Su voz cambió apenas un tono—. Socio minoritario de Blackwood Media desde hace tres años. Encantador, inteligente, con una memoria perfecta para los nombres y una capacidad notable para estar siempre en el lugar incorrecto en el momento incorrecto.

—¿Es peligroso?

Diana recogió su bolso.

—Es el tipo de hombre que no te hace daño directamente. Te presenta a las personas que sí lo hacen. —Una pausa en la puerta—. Sé amable. Sé breve. Y no le digas nada que no quieras que Nathan sepa antes de llegar a casa.

Salió.

Yo me quedé mirando el vestido azul marino colgado en la puerta del armario.

Primera función, había dicho Diana.

Toda función tiene un escenario. Un guión. Actores.

La diferencia era que en este teatro, los cuchillos eran reales.

Nathan llegó al piso cuarenta a las seis y media.

Tres golpes. Los de siempre.

Abrí.

Me miró.

No fue el inventario rápido y eficiente de siempre.

Fue un segundo más largo.

Sus ojos recorrieron el vestido, el cabello recogido, los zapatos negros.

Luego subieron a mi cara.

Y por alguna razón que no supe explicarme, eso fue lo que lo detuvo. No el vestido. Mi cara.

—Estás lista —dijo.

No era un cumplido.

Era una constatación.

Pero su voz tenía un registro ligeramente distinto al habitual.

—Estoy lista —confirmé.

El MoMA estaba lleno de dinero bien vestido.

Esa clase de reunión donde todo el mundo sabe exactamente quién es todo el mundo y finge que no.

Nathan entró conmigo a su lado. Su mano rozó la parte baja de mi espalda durante exactamente los tres segundos que tardamos en cruzar la entrada principal donde los fotógrafos esperaban.

Tres segundos.

Pero los fotógrafos los capturaron todos.

La cena fue un ejercicio de teatro fino.

Nathan hablaba. Yo escuchaba. Cuando me preguntaban, respondía con la precisión justa.

¿Cuánto tiempo llevan juntos? — Lo suficiente para saber que el café lo toma negro y que no soporta las reuniones antes de las ocho.

¿Cómo se conocieron? — En el momento exacto en que ambos necesitábamos al otro.

Todo verdad.

Todo incompleto.

El mejor tipo de mentira.

Marcus Vane apareció durante el postre.

Exactamente como Diana lo había descrito.

Cuarenta años. Sonrisa de anuncio de dentista. La clase de atractivo que requiere mantenimiento activo. Un traje que costaba lo mismo que el mío pero lo llevaba como si no le importara.

—Nathan. —Le tendió la mano con la familiaridad de alguien que practica la familiaridad—. Hacía tiempo.

—Marcus.

—Y tú debes ser Evelyn. —Se giró hacia mí con una sonrisa que llegó antes que sus ojos—. He oído hablar mucho de ti.

—Qué interesante —respondí—. Yo casi nada de ti.

Algo parpadeó en su expresión.

No incomodidad. Algo más parecido a interés recalibrado.

—Eso cambiará. —Levantó su copa—. Bienvenida al círculo, Evelyn.

Nathan no dijo nada.

Pero su mano, que descansaba sobre el respaldo de mi silla a centímetros de mi hombro, se tensó ligeramente.

Lo noté.

No sé si Marcus también.

Media hora después, Marcus encontró el momento en que Nathan saludaba a alguien al otro lado de la sala.

Se acercó a mí con esa naturalidad suya de ocupar el espacio que no le pertenece.

—¿Sabes en qué te estás metiendo realmente? —dijo, en voz baja, sin dejar de mirar hacia el salón.

—Tengo una idea bastante clara.

—Nathan Blackwood no es el hombre que parece en público. —Una pausa—. Ni en privado, la verdad.

—¿Quieres decirme algo concreto o es solo conversación general?

Marcus me miró.

—Solo quiero que sepas que si alguna vez necesitas hablar con alguien que no esté en la nómina de Blackwood Media, aquí estoy. —Sacó una tarjeta y la dejó sobre la mesa junto a mi copa—. Por si acaso.

Se alejó justo cuando Nathan volvía.

Nathan miró la tarjeta.

Luego me miró a mí.

Tomé la tarjeta y la guardé en el bolso sin decir nada.

Nathan tampoco dijo nada.

Pero durante el resto de la noche no dejó más de treinta centímetros entre nosotros.

No estaba en el contrato.

Pero ocurrió de todas formas.

A las once menos cuarto, Nathan se excusó un momento.

Necesitaba hacer una llamada.

Lo vi alejarse hacia el corredor lateral que llevaba a la terraza exterior.

Pasaron cinco minutos.

Necesitaba el baño y el corredor lateral era el camino más corto.

No lo estaba siguiendo.

Solo caminé hacia allí.

Lo vi a través del cristal de la puerta entreabierta.

De pie junto a la balaustrada. El perfil recortado contra las luces de Manhattan. El teléfono en la oreja.

Su voz llegaba en fragmentos cortados por el viento.

—...el plazo vence el viernes... no me importa cómo lo hagas... lo que firmó no tiene ningún valor si podemos demostrar que...

Una pausa mientras escuchaba.

—...exactamente. Dile a Harrison que prepare los documentos para el lunes.

Otra pausa.

—...sí. Sigue con Derek Mitchell hasta que tengamos todo lo que necesitamos.

El mundo se detuvo.

Derek Mitchell.

Nathan estaba hablando de Derek.

Pero no como un enemigo al que destruir.

Hablaba de Derek como alguien que estaba siguiendo.

Dile a Harrison que prepare los documentos.

Sigue con Derek Mitchell.

¿Seguir para qué?

¿Documentos para qué?

¿Qué sabía Nathan de Derek que yo no sabía?

¿O qué estaba construyendo con él?

Me aparté de la puerta antes de que Nathan se girara.

Volví a la mesa.

Me senté.

Tomé mi copa.

Mi mano estaba perfectamente firme.

Por fuera.

Por dentro, todo lo que creía entender sobre el acuerdo que acababa de firmar estaba reorganizándose en una forma que todavía no reconocía.

Nathan volvió dos minutos después.

Se sentó a mi lado.

—¿Todo bien? —preguntó.

—Todo bien —dije.

Sonreí.

La sonrisa perfecta de la esposa contratada.

Y detrás de esa sonrisa, una sola pregunta que no me iba a dejar dormir:

¿Qué estás haciendo realmente con Derek Mitchell?

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