En el pueblo próximo, donde había más casas y lugares en donde conseguir atención médica, comida y una prueba de embarazo, decidieron hacer una parada ahí, porque la nevada era densa y no habían podido comunicarse con Erich Falkenheim para que enviase el avión privado y acelerar el viaje.—No tienes por qué bajar también, Condesa del fastidio perpetuo, nos haremos cargo nosotros.Annelise volteó a ver a Volker y le envió una mirada de desprecio.—Necesito estirar las piernas—repuso ella—. Y también tengo que respirar algo que no sean los alientos de todos en la furgoneta.—¿Y si llegas a estar embarazada y te resbalas? —inquirió el rubio con desdén—. No quiero tener que lidiar con esa responsabilidad de haberte dejado perder a ese bastardo.—¡No asumas nada que no es verdad, idiota! —le gritó, enfurecida.Volker se encogió de hombros. —Cómo quieras—masculló y le abrió la puerta del vehículo.Drogo fue el primero en bajar y después ella, en compañía de tres más, todos armados, excepto
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