El veneno de la mentiraEl pasillo del hospital, con su iluminación blanca y aséptica, parecía estrecharse sobre Alexander mientras caminaba de un lado a otro. Sus zapatos de diseñador emitían un chirrido constante contra el linóleo, un eco de su propia ansiedad. Para Alexander, que Victoria viviera no era solo una cuestión de afecto filial; era una cuestión de supervivencia. Si ella moría, el secreto de su esterilidad corría el riesgo de hundirse con ella o, peor aún, de quedar expuesto ante un Arturo que no perdonaría un heredero que no fuera de su propia sangre.De repente, las puertas batientes de la zona de cirugía se abrieron. El doctor, con el rostro cansado pero tranquilo, se despojó del gorro quirúrgico.—¿Doctor? —Alexander se detuvo en seco, su voz cargada de una tensión casi eléctrica.—Tengo buenas noticias —dijo el médico, permitiéndose una pequeña sonrisa—. La señora Victoria ha salido de peligro. El golpe en la cabeza fue severo y causó una conmoción importante, pero n
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